Credo

Creo en las hazañas. En quienes sienten la vida y la constantan en sus ojos. En quien apuesta por sí mismo y por todo lo de antes. Creo en el acto. En los haceres por encima del adorno, en el desnudo. En la entrega abierta y sin mesura y sin espera de nada ni de nadie. En ese dar sin acercarse con la mano tan abierta, dispuesta –antes de dar- a recibirse. Creo en quienes rezan no como conjunto sino como seres que se buscan en la nada. Sus yoes. Sus iguales en una misma voz o un mismo credo. Creo en el ser que se conmueve, en quien llora frente al mundo de la misma manera en que sonríe plácido a su sombra, al miedo perseguido –persiguidor quizá- de ese acto del principio. Creo en quien sucumbe a su pecado y lo acaricia. En quien sabe disculparse ante sí mismo y entiende que era eso, aquel pecado absurdo, una manera más de estar vivo o aprenderse. Creo en quien respira y en quien frena su apetito o su garganta frente a cualquier imagen noble. Quien se sabe vencedor y se presenta: soy vencido. Quien, a pesar de la vida y de su historia, sabe que el estar por el estar importa poco. Creo en quien me ama y me detesta porque es, en ellos, donde me observo libre y me pregunto: ¿eres tú, creencia o voz, quien dice esto? ¿Sabes ya de tu mitad, conoces algo?




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