I()Reflexiones

El solitario, el que ha aprendido a estar consigo, se extraña a cada tanto. Quisiera, de repente, en el conjunto, volverse hasta la silla, su salón. Aquella gran ventana con vistas a un océano desierto ¡tan poblado de sí y, también, tan poblado de los otros pero tan secreto! El solitario entiende lo callado de manera necesaria. La vida en esa forma en que eres tú acompañado de tu imagen por las calles. Jugando a hacerte otro en cada mal reflejo que devuelven, insolentes, los cristales de las vías atestadas. Con gente de la mano. Distraídos. Con gente. Sí. El solitario se entrega a cada barra como si fuese el último consuelo, la última tragedia. El último, quizás, trago de la última cerveza de su historia. El solitario se sabe solitario y se recrea. Y entiende, el solitario, que dividirse es empezar a estar en él, en ese –único y vital- sí mismo sin ser nadie.

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