POEMAD


NO-VUELTAS

Las promesas, las voluntades dichas con el bien y no con el puede siempre nacen en mañanas de tormenta, de salida, equipaje, de insomnio vespertino que, sin embargo, pasea con ínfula de noctívago –por aquello de rapsoda-. Llueve o llovía y eran las siete y eran las doce y era, al fin, la una con un cuarto –propio y a unos seiscientos kilómetros al norte, aproximadamente-. Estoy aquí, en el otro lado. Y llueve y, claro, cuidado con los charcos, la chaqueta, el pañuelo que no ya no estará pasado… ¿Motivo? Un solo baile. Cuidado, sobre todo, con tus dudas. Las ciento dieciocho menos cien y menos ¿cuántas?. Y he buscado. Y espera a que termine. Y ya suena. Y la mano atravesando una almohada y era noble y era mano y era, casi, casi un sueño de otro sueño y otro hombre. ¿Serías tú mismo?. Y el celeste. Y el otro, el pañuelo de una madre. Y ha llamado. Y te toca estar sentado en la banqueta. Y no –¿por qué no?- tengo ganas. Y la noche, sí, la noche y ellos. Los de siempre. Porque es en esos siempre donde nacen, se acarician los posibles –como decía Lévinas y como quiero creer ahora-. Ellos. Los nuevos sin ser nuevos. Los que estaban sin ser vistos. Análogos, parientes. Deudos de otra historia, la común, impuesta –gracias a algún dios- por la vía de lo noble. Y, de repente, una luz y un nuevo nombre: Rafael ¿el arcángel o el tipo que acomoda en la Zarzuela? Y Paco y su mujer y esas dos Otras. Y la calle y las horas desde ayer pasadas a otras horas para dejar de ser antiguas –quizá como nosotros-. ¿Seguimos? ¿Os parece? Y, creo, dijo alguien, que vivir hemos vivido, de este día, todo el segundero en esta barra. 
(Y por faltar, ahora que lo pienso, sólo faltó algo: el beso sin la prisa de las que -esto es verdad- son nunca-depedidas, nunca-nuncas).

Joaquín Perez Azaústre, Javier Vela, Julio Espinosa, Luis Artuto Guichard.



En acción.

Santiago Auserón (Juan Perro)

Menchu Gutièrrez, Banca Andreu (Ida Vitale de espaldas)



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