Correspondencia


Querida XXXXX,

Te escribo como quien le escribe a dios y no espera, igual que un niño, su respuesta. Lo de dejar de creer es cosa de adultos, ya lo sabes. De asoñados que apuestan más por su falta de franqueza que por los bienes que muestra el mundo a cada instante. Debes saber una cosa importante: no has dejado de estar nunca. Es curioso. Piensan, algunos, que el tiempo puede, el espacio puede, el silencio —eso piensan— puede; sin embargo, son esos mismos que aseveran los únicos que desconocen alguna que otra verdad alta: la nuestra no es una historia propia de esos hombres. Porque ¿sabes? hay historias que son historia por sí mismas, sin necesidad de narradores, de aquel observador que piensa conocerse y conocer de lo posible y lo imposible cegado, como está, en su propio e insondable corazón de hombre sensato. No. Estás desde antes incluso de encontrarte, de dejar de buscar —es necesario— allá donde siempre terminamos por perdernos. Lo inmortal, ahora lo entiendo, solo sucede dos veces en la vida: cuando hallamos, nos hallamos frente a quien se da como el árbol brota en primavera —sin freno, ¡tan desnudo!—, y cuando dejamos de pensarnos. Pensarse ¿lo recuerdas? es empezar a construir nuestras propias armaduras pero, tú, mi yo contigo, no necesita defensa ni coraza fabricada con el único objetivo de hacernos olvidar las cosas importantes: amarnos como ama el niño del principio. Estás. Siempre has estado y, me temo —y es un bien— que no vas a dejar de estar nunca. Te escribo desde donde el reloj me marca la distancia prudencial y sin abusos de un corazón abierto hacia la noche. Desde el más allá o el más acá donde habitamos, estando y sin estar al amparo del tiempo que negamos hace poco. ¡Y es secreto! Te escribo con el alma abierta hacia la nada porque ¿sabes? quedarse hueco, vacío —de todo, de uno mismo— es, casi, la única manera de volver a desnudarse tal y como se siente el desnudo en la venida, la primera razón y la más noble. Y no. No escribo porque espere una respuesta. Esas, las respuestas, existen sólo para aquellos que temen morir y seguir muertos porque, en el fondo —al comienzo del comienzo— todas las respuestas deberían ser la misma. Estar, esas respuestas, abiertas en sus dueños a cualquier tipo de pregunta: ¿somos eternos? Que venga dios y nos responda si es que él sabe, se ha deshecho del cúmulo de dudas que ha legado a todos y cada uno de sus hijos. De mi parte, amor, si es que acaso es acertada la parte humana del concepto, estoy librado de toda incertidumbre. Y no te asustes, por favor, cuando mis letras y mi voz penetren en tu sueño como en un día de lluvia sin descanso. Quizá sea dios ¡qué más da ahora! el único que nos ha visto sonreír mientras dormimos. 

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1 comentarios:

  1. Que sea infinito mientras dure.
    Cuídese.
    Ya sabe.

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