"El pozo". Siempre Onetti

Foto © Suhrkamp


Siempre tuve miedo de dormir antes que ella. Sin saber la causa. Aun adorándola, era algo así como dar la espalda al enemigo. No podía soportar la idea de dormirme y dejarla a ella en la sombra, lúcida, absolutamente libre y viva aún. Esperé a que se durmiera completamente acariciándola siempre, observando cómo el sueño se iba manifestando por estremecimientos repentinos de las rodillas y el nuevo olor extraño, a penas tenebroso de su aliento. Después apagué la luz y me di la vuelta esperando, abierto al torrente de imágenes, pero aquella noche no vino ninguna aventura para recompensarme el día. Debajo de mis párpados se repetía tercamente una imagen ya lejana. Era, precisamente, la rambla, a la altura de Eduardo Acevedo, una noche de verano antes de casarnos. Y yo la estaba esperando apoyado en la baranda, metido en la sombra que olía intensamente a mar. El viento la golpeaba en la pollera trabándole los pasos, haciéndola inclinarse apenas como un barco de vela que viniera hacia mí desde la noche. Entonces tuve aquella idea idiota. Como una obsesión. La desperté. Le dije que tenía que vestirse de blanco y acompañarme. Había una esperanza, una probabilidad de tender redes y atrapar el pasado. Yo no podía explicarle nada. Era necesario que ella fuera sin plan. No sabiendo para qué. Tampoco podía perder tiempo. La hora del milagro era aquella, en seguida. Todo esto era demasiado extraño y yo debía tener cara de loco. Se asustó y fuimos. Varias veces subió la calle y vino hacia mí con el vestido blanco donde el viento golpeaba haciéndola inclinarse. Pero allá arriba, en la calle empinada, su paso era distinto. Reposado y cauteloso, y la cara que acercaba al atravesar la rambla debajo del farol era seria y amarga. No había nada que hacer y nos volvimos. 

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