No la forma a la que accedes al llegar y en la que vives como si aquella, y no tú, fuese la única soga que te agarra. No los ojos a través de los que sales y te muestras y, en ellos, ven llegar a la persona humana que te puebla. No ese tibio parloteo de un lenguaje apto sólo para cuerdos, otros tantos convencidos de que la mentira es lo único que existe. No. No era eso.  Hablaba del tumulto interno y su coraje, asido a uno antes de llegar siquiera. De la pasión en las pupilas latiendo por encima de la cuenca física en que habitan, anidada, esa pasión, en el fondo claro de las almas; de la luz que se acoda en el perfil difuso de las manos a punto de lanzarse hacia otro cuerpo;  de los sonidos, tan mudos, con que le hablamos a aquel y es casi un grito; del amor, eso era, como parte indivisible de esta sed, mortal y sin preguntas,  que nos dice más allá de cualquier rastro incapaz de sorprenderse llorando de emoción ante su objeto.   

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