los huídos




DEFENDER LA ALEGRÍA


Más allá de la conciencia política, del orden libre sometido al orden de los hombres, se requiere defender la alegría por encima del cansancio. La alegría como bala apuntando siempre arriba de modo que en el cielo quede hueco para un sol indestructible. La alegría como recurso olvidado cada aurora en la almohada siendo, como es, un talento inagotable. Defender el derecho a la sonrisa como quien quiere pan y lo pelea y reparte, tal derecho, igual que se abre el grifo y, con las manos, llevamos todo el líquido a las zonas secas y empolvadas. Gritarla si es preciso. Acallar con esos gritos todos los gestos a la contra erigiendo un escenario donde no quede cabida para la zona oscura del recelo; la duda, ante la puerta, de salir con el disfraz equivocado. Aceptarla. Creer en su poder como legamos el nuestro en tantos tristes e infecundos dominios orientados a hacernos dudar de lo que es bueno. Reinventar, si es preciso, un código capaz de dejar fuera a toda una legión de jeremías. Cuidarlo. Sentir el regocijo en pos de la tragedia vendida a cada hora como si solo en el mundo cupiesen los pecados y no quien los perdona y crece y nos sonríe. Alegar júbilo crónico en las calles. Dependencia manifiesta al regodeo. Sucumbir, a pesar de las carencias, el miedo, los malvados, a tal insurrección, como a una orden.

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