Atávico



Confundimos la valentía con la soberbia, la compasión con el recelo y la razón con la verdad. Culpable es quien actúa y quien consiente. Quien solo abre los ojos a las distancias medias y olvida que el dolor viaja a diario por todos los rincones de este mundo. La razón, como la vida, no es eterna ni cambia por antojo ni es constante. Fluctúa y crece y se alimenta en el diálogo, en el hecho de aceptar que la verdad es una suma de costumbres frente a la verdad del otro y su experiencia. La razón no es una ni es mayor o menor según las coordenadas. Alta no es la voz que preconiza la toma de conciencia a salto de mata o de acontecimiento. Alta es la voz que acompaña cada día a quien siente ese dolor y no sabe ni puede defenderse. Pongámosle Yemen o Palestina. El rencor mueve rencores y ensucia la conciencia y sacraliza la actitud de quien clama venganza por los suyos. ¿Qué distingue a quien urde su mercado con la venta de armas y blasones de quien las usa con otro en defensa del primero? ¿Cuál es la diferencia entre apoyar a un asesino vestido de país civilizado y apoyar una causa en la crees, no por saldo, sino porque no se tiene nada? ¿Quién puede distinguir a los buenos de los malos con tanta claridad que la sentencia caiga por su propio peso y se ejecute? ¿Quién sabe renunciar a los prejuicios por encima del odio o el disgusto, y empezar a pedir explicaciones no a los súbditos sino a la sarta de caudillos que encaran el poder desde su búnker?

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