No me representa




NO ME REPRESENTA

Tenía seis años cuando escribí mi primer poema. Entonces, lo recuerdo perfectamente, me causó la misma emoción que siento hoy en día cuando logro domar el pensamiento y transcribirlo. La sensación física se parecía —y se parece— al vértigo: incluso el pulso se mueve a otra velocidad y una suerte de temblor, sobre todo en los brazos, me sacude para recordarme —supongo— que estoy viva. Entonces, a los seis años, también escribía con una doble intencionalidad: vaciarme, en primer término, y que me leyesen, en segundo, para, en cierto modo, servir también de compañía o atravesar ciertas soledades. Desde entonces, no he dejado de hacerlo: de escribir. De exponerme a esa pendiente física y emocional con más tino, en algunas ocasiones, y mucho menos en otras. Hoy, a mis treinta y tantos, observo ciertas intenciones que, además de resultarme ajenas, me perturban.  Ninguno de los autores, ninguna de las autoras a quienes más admiro y a quienes he leído con el ahínco de una aprendiz de pacotilla, en tantas ocasiones, ha recurrido jamás a ciertos ardides, muy en boga en estos tiempos. A saber: exponer a sus familias, prostituir sus emociones (llámese enfermedad, bienestar o malestar conyugal, muertes cercanas y su contrario: nacimientos, embarazos), ni tampoco han mostrado sus cuerpos desnudos o semidesnudos. De ahí que no comprenda la utilidad de todo esto más allá de la notoriedad por la notoriedad o de un concepto de libertad mal entendido. La venta de la intimidad, según lo siento, es un completo retroceso: no se es más libre por mostrar sin filtros, se es más libre cuanto menos necesitamos decir quiénes somos de forma tan directa, cuando el trabajo es capaz de hablar por sí mismo sin intermediarios. Cuando un cuerpo vestido, una familia anónima, una emocionalidad viva pero transformada en emocionalidad universal dice más que su contrario. Valorar el trabajo por el grado de exposición pública es un contrasentido (más aún a nivel femenino) y, pensar en que las generaciones venideras terminen por convertirse en una simple imagen que ha perdido su alma en cualquier sitio, me causa muchísima tristeza. Hacer coro alrededor de todo esto quizá sea peor que el hecho en sí mismo porque, en el fondo, como humanos somos seres gregarios y aprendemos, muy resumidamente, a través de dos tipos de impulsos: por afirmación o por negación. De mi parte, niego la obligatoriedad de convertirme en publicista de mí misma. He leído, me he acercado siempre a aquellos autores cuya magia residía en lo anónimo, sumado a ciertas verdades que rezumaban y aún siguen rezumando humanidad por ellas mismas, a través de las letras. He leído y he aprendido de aquellos autores cuya labor estaba más cerca del silencio que del ruido este por el que parece obligatorio transitar hoy mientras batimos las palmas. Y en todos ellos he encontrado lo mismo: una forma de estar sobre el mundo y de observarlo que trasciende modas, una manera de decir sin la máscara fallida de quien debe vender lo que nadie compraría sin campaña.