Literadura



LITERADURA

Para Felisberto Hernández escribir es un acto de desdoblamiento y de conexión con uno mismo. "Si soy una bronca permanente o un odio o un rencor, yo soy una pasión en estado vivo y, por tanto, no puedo cualificarla, ni puedo definirla, ni puedo acotarla, ni puedo criticarla". Y son solo pasiones, para mi gusto, muchas de las voces de la actualidad literaria española. Lo revolucionario es la alegría, dicen ahora todos los gurús de lo "healthy" y de la buena onda, herederos de Osho y sus amigos. Pero lo que es verdaderamente revolucionario es la prudencia o, como ya está dicho, lo revolucionario es escribir bien. Razón por la cual, en nuestro país al menos, vivimos una suerte de sometimiento a lo estéril, de deslumbramiento ante una retórica que hace demasiado tiempo que está seca. Sin embargo, esto no es lo peor. Si nadie le presta atención a la pataleta sin fundamento de un niño, al ruido latoso por captar la atención de los padres, el niño se aburre y deja de importunar. Por tanto, lo peor son los avales. El respaldo a un griterío literario que ya linda con la idiocia. Hay un exceso de apego a la realidad que es un gran lastre. Una manera de utilizar la realidad cuya motivación tiene menos que ver con la literatura que con la egomanía. Difícil, por tanto, como apuntaba Felisberto, desdoblarse de uno mismo para observar un mundo que no es plano sino que tiende a ser poliédrico. Hablar de la emoción, de la familia, del amor, del odio, del fracaso, de todos esos temas que están fuera del tiempo sin llegar a prostituirlos no es tarea fácil. Prima la anécdota, la cantidad, y escasea la cualidad que hace a esa emoción, a esa familia, a ese amor, a ese odio o a ese fracaso, particulares. Como lectora, siempre me ha importado un bledo la intimidad de todos los escritores que admiro. Porque no es su intimidad la que me epata sino la manera en la que son capaces de crear un mundo donde se puede entrar sin hacer ruido y tomar asiento y ser parte sin demasiada estridencia. Sin embargo ahora, la linde entre la venta de la intimidad y el buen hacer es tan delgada que el grueso de lectores confunde (animados por el propio escritor) el hecho de entrar sin hacer ruido en un imaginario con saber qué talla de calzón o de sujetador usa o cuántas veces al día va al lavabo. Porque, lo dice el mercado o lo que mola, en eso consiste hacer literatura. Y si realmente tuviera que adjetivar la emoción que todo esto me provoca es una gran tristeza. Flaubert apuntaba que el estilo de un escritor viene marcado por sus limitaciones. La cuestión es hasta qué punto somos capaces de reconocer que, como en todo, también hay obstáculos que son insalvables y que escribir, quizá, también pueda ser uno de ellos.