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Había también otra forma junto a él. Meses. Podría decirse
que la vida sopesando era el fuerte y el invierno. Una
especie de estación de penitencia o estación parada en la
memoria. Eso también ocurre a veces. Hay quién solo busca
agua y se topa de bruces con un verano repetido. Ser uno de
repente es complicado en la medida en que aprenderlo
cuesta la esencia y el coraje. Como volver a ser niño sin
padres ni colegio. Eso asusta. Aquel era un buen tiempo
para pararse a observar a las hormigas en todos los meandros
de todos los caminos sin presencia y escuchar, en un
momento dado, del gusto por prenderles fuego. A los recuerdos.
¿Cómo se deciden los finales?, pensaba él a cada
rato, cada golpe de volante. ¿De qué manera se pierde el
equipaje sin recurrir a la carga de la vida y la conciencia?.
Las estaciones vuelven como quien conoce sus regresos,
sin embargo, para dar en el clavo y no andar siempre en
una especie de tumulto es necesario, eso piensa, beberse
el dolor a sorbos como se bebe el primer caldo tras
una enfermedad que pareciera interminable. Como ella
y aún no sabe si ha acabado. El invierno. Si ha acabado.



VESTIDA DE DOMINGO

A lo inservible como a la voz callada
ante el decir de otra voz que no conoce.
A la luz que se presiente sin ser luz,
batida a la mitad de cualquier día.
A ti, que no eres nadie y te imagino
vestida de domingo,
alta,
asomada a la única ventana de la sombra.
A mí, vano espacio que pretendo lo demás
sin saber siquiera cómo hará la vida
para citarme hoy y que la escuche.



Imposible, dijo el padre, anclar los postes al suelo y hacer
sombra. Ni afecto ni verano, ha descubierto. Imposible que
sepas emplearte, resuelvas el calor, que seas un hombre. Al fondo
el alcohol como el auxilio, el gusto por ser a media fuga
como el niño que se pierde siempre a posta y se pregunta
si salir o volver la espalda en los percheros. Imposible es
el verano de una vez que se adelanta: el toldo por sellar,
el hombre al sol, el padre, padre. Con todo, le consuela
que entonces y hoy un genio como Cheever sintiera hace
cuarenta años de forma semejante. […] Al trabajar y en la
hora del despertar, comprendo claramente lo que quiero: amor,
poesía, capacidad incalculable de comprensión o perdón si hace
falta, humor sin remordimientos […]. Deberíamos crear una
nueva raza capaz de olvidar la culpa. La schuld. ¿No es
acaso cada historia un universo digno? Todo lo demás no
importa nada.














VISIONES DE FUTURO


“Hemos llamado debilidad a nuestro candor. Nos hemos temido uno al otro por encima de todo y todo eso lo consideramos victoria nuestra de cada día".

    C. LISPECTOR


Tenemos una mansa geografía en las pestañas
que nos llama a mirarnos de otro modo y ser más ciertos.
Como dos niños perdidos en la nieve y, sin embargo,
lejos del temor y el desencanto del adulto que
ausculta sus miedos y ensalza lo imposible por inercia.
Amar, qué singular proeza en este páramo llamado a
la codicia de quien siente mirándose a sí mismo
y niega la bondad de alzar la vista y encontrar al otro
y despojarse.
Somos dos extraños que apenas reconocen su edad
y en lo celeste,
el vuelo mantenido de un palmípedo nos trae a la memoria
que ya nos conocimos hace más de lo visible,
que amar, esa proeza, anida entre las manos y se expande
en acrobacias sin pensar siquiera en la caída,
que todo es una fiesta a pesar del frío y de la duda
posada como un dios en la almohada,
que somos más verdad en ese amor y, mientras tanto,
el mundo y su destiempo a media luz, como en un sueño.


DISPARO

Pronunciar la vida como quien pega sellos en las cartas y no sabe despedirse. Como el padre sin memoria acostumbrado a inventar la realidad y los refugios y a ver la cara oculta del pasado. Como el error consecutivo y la nostalgia a la que nadie pone nombre y, sin embargo, existe por encima de todo lo corriente y su tragedia. Como los hombres de ayer vaticinando su linaje y su fe y su extenso presente tan distante  del miedo y del deceso. Como las fotos de grupo y de familia en las que nadie reconoce la visión de quien retuvo y expuso su iris al conjunto. Pronunciarla igual. La vida. Un disparo pendiente de cazar a los relojes y vestirlos de cruda persistencia. Un lazo alrededor de las costuras que algunos llaman cuello pero que es también laringe y dolor en las fisuras. Un cíclope vestido de persona, observando callado los resortes del amor entre parientes. Un tímido estallido de verdad, como una mancha imborrable en un vestido. Un velo entre la luz y la existencia de quien guarda la fe de lo invencible. Una guerra aplazada por el peso de quien firma consciente el armisticio. Un retrato sin voz y sin fantasmas donde figuren, tal vez, las últimas razones y su herencia.    




(1)

Cómo buscar el norte aquel de la inocencia y su ternura y su paz de sueño, de voz-madre. Cómo no maldecir o maldecirse por obrar constantemente en contra del deseo primero y respirado; por acudir a quien llama dejándote olvidada en las esquinas la voz, el gesto propio; por afirmar cuando la duda sigue gritándote en las sienes y en las manos lastradas de temblores. Cómo ser más uno mismo y más valiente. Tirar hacia el olvido la pasión cubriendo de mentira al amor noble, sin maldad, de quien ya fuiste. Infiltrarse más adentro igual que el agua nos lava los pies en sus orillas y bendice al hombre que los lleva. Abotonarse la vida hasta la nuez sin intención de anudar la estridente corbata del pasado. Cómo llorar más claramente y ser más limpio y más capaz de llorar a gritos si es preciso, de cubrirse la cara y descender hasta el borde humano de los huesos, de retar a la muerte que llama día a día a cada puerta y arrojarle su miedo en tu coraza. Despedirse del dolor con que dormimos arropándolo con toda nuestra vida. Inventarse un nombre propio en el que ya no reconozcas al culpable. Amar a toda costa sin volver a preguntarle al mismo amor por qué no late.

(2)

Vivir obliga. Te debes a la vida como dicen que hay algo debiéndose a los hombres, aún por saldar. Te debes a los días y al cielo redivivo, olvidado frente al peso de tantos edificios nublándote la boca y la palabra. A los semáforos azules del destino y la ausencia perpetua de quien fuiste. A todo eso y más: a quien te llama perdiéndose tu cuerpo y se desdice, a quien llora la mitad que cree perdida y se entretiene fornicando, a los amigos no amigos y a los padres. No padres. No. Madre. A la vida. Te debes como el mundo debe sus árboles y el cielo sus tormentas. A ti mismo y a quien dices. Te debes y no estás. Y no te encuentras.







TE LO VOY A EXPLICAR DE UNA VEZ Y PARA SIEMPRE


Te lo voy a explicar de una vez y para siempre.
Por fin voy a atreverme –y será la última– a decirte lo que soy,
quién o cómo soy, amiga mía.
No me tengo por un hombre de costumbre.
Amo o me desecho porque algo en mí suele clamar alto,
una especie de temblor, de sacudida,
ese verte, de repente, entregado a cualquier obra o ser que
te conmueve,
que busca darte vida, como al preso
la luz tras su condena.
No podría hablar de mecanismos.
Para eso hay otros tantos que saben, sin dudarlo,
de las horas o los días como si de verdad la inmortalidad
fuese cierta,
como si fuera, nuestra vida, algo acaso más importante
que la libertad inherente a cada uno,
al hecho de hacer o de vengar las decisiones castradas
por una rutina sin presente.
Yo amo lo que algunos no quieren nombrar siquiera
y aborrezco sentirme rodeado de homicidas.
Aquello, ser o sombra, que tiende indefectible a prolongarse,
a hacerse ver, al tiempo, lo mismo corregido o aumentado:
crecer o madurar, ¿es esa la manera,
el único motor frente a la Nada?

Me niego, y te lo dije, a crecer como una especie
de principio que piensa para sí que es interludio.
Las canas mienten mucho, créeme.
La edad quizá sea un grado, sí. Con todo, huye
–yo lo hago–
de aquellos que aún insisten en amanecer a hora,
en llegar, vacío y limpio, responsable, pisada tras pisada,
hasta las puertas del infierno o la oficina.
Quienes caminan de vuelta –como el preso del principio– 
[hacia sus casas,
y entienden que era esa, aquella decisión, pasada ya,
cualquier resolución irrevocable.
–La muerte disfrazada de factura,
de hijos que llegaron sin decir ya vengo
y que ahora, hoy, te saludan y te llaman de papá
como a un suicida–.
Yo, lo digo alto, soy todo lo contrario a lo que expongo
y busco, en cada uno de mis actos, tu voz o tus principios.
¿Suena extraño? ¿Crees que es de locos bendecir un nombre
como quien acude al templo en busca de un milagro,
de una voz, la voz, que le susurre
no estás equivocado como piensas?
Soy hombre y te bendigo de la misma manera en que extraño
tu bondad o tus defectos.
Por eso, quizá, me haya dado por explicarme ahora,
tarde pero lleno de una soledad sin compromiso.
¿Será que es necesario derramarse, afilar el desamparo
lejos, ya, de cualquier temor al abandono?












ella (tú) (los quiénes)

Pero no podías ser otra porque sólo eras tú.
Y eso, créeme, es como morir de sueño,
Como hacer un pacto con lo malo
De modo que la firma no es tu firma
Y todo se malsella a las espaldas.

¿Te has fijado?
Hay, en cada cosa que elegimos, un tiempo,
Una amalgama  que lo envuelve y, al cabo,
Termina por cercar  cualquier indicio de futuro.

—Dentro, ya lo sabes, parece lo contrario:
Así voy bien, te dices—.

Instalarse en una calle, por ejemplo.
Y dentro de esa calle, en una casa,
Un espacio compartido por tus yoes,
Esa otra con quien vives:
Ella (tú) (los quiénes).

Montar una cocina con cubos de basura, fregadero,
Paños estampados, farola, con campana.
Buscar cualquier colchón, de aquellos que desecha la familia:
Para tu casa está bien, ¿qué más quieres?—.
 Y empezar, en el momento en que el colchón cae en reposo,
A fornicar tu existencia,
Tu vida condenada a la rutina del amor
Sin previo aviso.

A ese estado, algunos insisten en llamarlo
Como quien de veras  hablase de ventajas,
De cierta lucidez, cierta dicha en los cojines,
Las mantas elegidas a juego con la alfombra o las toallas.

Pero no entiende ninguno que nada de eso es lo importante.

Lo que de veras cuenta es lo señero.
Tu única
—Por única—
Presencia incomparable
—Ya—
A cualquier otra.
El olor en esas mantas, los cojines,
Las telas elegidas por tu mano
—El envés—,
Tus ojos alumbrando cual farola el entretecho;
El cubo de basura y el colchón cansado, ahora, de sus muelles,
De no llegarte, tan siquiera, a la suela comida de las últimas chinelas
Con botones.
Siempre con botones, ¿te acuerdas?

Eso, no lo dudo, eso es lo único que cuenta.
Lo que después de la prisa,
Sentado en un café con la cabeza, como el pecho,
Llena de canas y de arrugas,
Suena más alto que cualquier conversación de fondo.

¿Seguirá la casa en pie, la calle viva?,
¿Volveré a encontrarme yo con la misma soledad
Tan, tan ocupada?




Porque yo sabía que habitaba en aquel cuarto como quien
Toma una tumba
[O un festivo].
Ya lo ves.
Desde el día en que volviste tras la lluvia,
El agua,
El apagón
El ¿qué más quieres?,
Todo, lo prometo, cayó como la lona de un teatro.
¿Me puedes explicar por qué no bebes
Si tienes, te he dejado, el grifo goteando, sin la goma,
El calzo que sujeta su abundancia?
Morir es como entrar en una especie de principio,
Mirarse y repetir: ahora me toca
Volver a levantar, con sus cimientos, el pozo en que
Me he ido transformando.
Entonces, ya lo he dicho, vivía en aquel cuarto recluido
Del mero sonido de tu vientre.
No podía permitirme tus antojos
[Quiero agua]
Ni tu forma de besarme en los cristales,
De dejar tu sello, aún, por encima de la luz o las bayetas.
No sé quién, alguien me dijo lo mejor es que abandones,
Te abandones a tu suerte en este cuarto, cualquier cuarto,
Y te olvides, de una vez, de su presencia,
Del paraguas,
Del olor,
De cada espacio.
Yo no sé si fue prudente sucumbir a las palabras de un extraño
-tal vez no era un extraño, ¿fui mi padre?-
Y pasar a formar de ese grupo de olvidados en pensiones
Que se turban y maldicen con el simple despertar y tener seca
La cabeza como el resto de los miembros.
La cuestión, ahora lo sabes, es que estuve,
Como un muerto,
Dormitando entre almohadones
[O cuchillos]
A la espera de tu voz o de tu aliento.
Y una piedra ¿no es curioso? fue bastante,
Una piedra golpeando en la ventana.









Me dijo que era Hermes quien, después de todo, podría poner orden –ten aquí mi frasco, amigo-. No todo el mundo es lobo, león, cerdo sin amo. No todo el mundo es malo. Ni bueno. No todo el mundo.
Telégono es la suma –y Zeus lloró sobre el camino-. Él es el resultado. ¿Acaso las verdades no nacen ya cansadas después de tanto tiempo? Sí. Quizá se amansen. Tal vez no fuese Circe la pálida hechicera ni fuese acaso el hombre el más bravo marido. No.
¿Qué hacer cuando el viaje se vuelve circular como las mentes?
















I
Coincidir y distanciarse.
Tomar impulso hacia afuera.
Suprimir los hilos,
la cordura,
hasta el aliento.
Vaciarse de dolor para ser algo.


CAJAS
Ya no necesito cajas 
para empaquetar mis días.
De nuevo ha llegado el invierno
y las historias se van replegando
 unas sobre otras,
como si el mundo, de repente,
dejara a un lado su ritmo
para hacerme las maletas.



SEIS

Tu boca era una isla entre abundancias.
Una pérgola agotada de rigores,
maltrecha,
endemoniada:
en caza por el fisco de la ruina.

CUATRO

Supones demasiado.
Contestas como el perro
entre paredes:
hastiado, ya, de tanta cerca.

UNO

Propósito de enmienda:
hacer de mi equipaje
un bulto inncesario.







II
Los sueños me persiguen hace años
pero no dicen palabras entendibles.
Ni me observan. Convencidos,
redundan, persisten comop
siempre. Hacen de mí la
sombra figurantem infeliz,
de la que huyen los ciegos.





3 comentarios:

  1. Hola María, acabo de recibir la noticia (Alfonso) de tu premio, y no me ha sorprendido. Tenía que llegar, lo estás buscando y sobre todo, hay mucho talento. Te deseo lo mejor y por supuesto, no dejes de reservarme algunos ejemplares cuando se publique. Hay personas que conozco que deben leerte. Buenas vacaciones. Juan.

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  2. Muchísimas gracias, Juan! A ver cuándo volvemos a coincidir, ¿no? ¡Ya toca!

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  3. Emocionante recital en Cosmopoética, en Córdoba: gracias por compartir tus versos. Un abrazo.

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